Érase una vez dos hermanos que aprendieron a jugar al ajedrez. Cómo eran muy buenos, ganaban partida tras partida, hasta que llegaron al campeonato del mundo. Cada vez aprendían más, porque estudiaban a los otros jugadores y encontraban contraataque para todas sus jugadas. Y, siendo dos, podían revisar el doble de partidas, porque siempre compartían sus hallazgos. Paso a paso, llegaron a la final, creando una gran expectativa. Se formaron clubes de admiradores leales hasta la muerte. Tanto lío se formó, que los hermanos se negaron a que uno de los dos acabase siendo el perdedor, y así lo declararon a la prensa. Jugaron juntos, sí, pero en el salón de casa y sin contarle a nadie el resultado. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.